Y ahora estaba ahí, encerrado, en una pieza de no más de dos metros cuadrados con una cama pequeña sin sábanas y una manta encima, un velador con un jarro de agua vacío y un urinario bajo la cama. Como no había ventanas, la única luz existente en la pieza era la que se colaba por debajo de la puerta y para no verse desesperado quiso apoyarse en la pared y al tocarla con la mano se dio cuenta que la suciedad llevaba tanto tiempo en dicha pared que ya no había forma de que saliera.
Se sintió solo, desamparado y sobretodo desesperado, debía cumplir la misión que Dios le había encomendado lo antes posible, necesitaba salir de ese lugar para ir a matar a quien Dios llamaba Sodoma y Gomorra, sino Dios se enojaría con él y él no soportaría que Dios no lo amase como lo había hecho hasta ese entonces. Ni siquiera podía observar su belleza, recordó esa luz que lo encegueció tantas veces e iluminó la oscuridad que lo rodeaba, pero esa luz se desvaneció rápidamente cuando recordó a su madre. Si ahora se encontraba en esta situación era culpa de ella, ¿cómo no pudo entender? Si Dios le había hablado la madre sólo tenía que obedecer a su hijo, y estaba ciega, el demonio le había puesto un gran obstáculo que debía sortear con inteligencia y precisión. Sólo que para ella existía sólo el Dios retrógrado. El Dios que no pudo haberle encomendado una misión semejante ya que el mandamiento número seis de la Ley de Dios decía No matarás. Pero ella no podía saberlo, nunca había hablado con él. Nunca lo sabría. La odiaba.
Luego de 3 horas de paseos enfermizos por la habitación, yendo de un extremo al otro, se abrió la puerta y apareció en el umbral la amable y simpática enfermera que lo había atendido cuando había llegado recién. Pero ahora ya no era amable, en sus ojos ya no brotaba el cariño, sino la amargura. “Sal de aquí”, fue lo único que le dijo y él comprendió que no le quedaba nada más que hacer. “Es hora del baño” y una mueca parecida a una sonrisa se dibujó en su rostro. Caminó por un largo pasillo lleno de ventanas que concluía en lo que decía “baño”, cuando llegó lo obligaron a sacarse la ropa y los zapatos para luego tirarlos al contenedor de basura.
Los baños eran una sola habitación donde hombres y mujeres eran obligados a bañarse y hacer sus necesidades juntos, en el piso, como animales. El olor de desechos humanos era insoportable, eran años donde se acumularon las heces, los vómitos y la sangre. Como era una sola habitación y no había diferenciación, el agua de las duchas hacía que los desechos se convirtieran en una pasta aguada que escurría por sus pies. Sintió nauseas y vomitó ahí mismo, como todos los demás hasta que ya no pudo más.
Mientras se duchaba observó la panorámica, y se dio cuenta de que sólo los jóvenes estaban pálidos y nauseabundos, los ancianos ya debían estar acostumbrados. Cuando terminó su ducha, que tampoco fue mucho tiempo porque el agua estaba congelada, trató de caminar hacia la puerta sin ensuciarse los pies, mas era imposible, no había forma alguna de escapar de la inmundicia humana. Le pasaron una camisa delgada para que se la pusiera encima y cuando pudo observar sin asco a su alrededor vio la insalubridad total del lugar; estaba lleno de cucarachas, gusanos y moscas que esperaban la hora final de la ducha para ir a degustar el manjar del día.
En el momento que lo conducían a la pieza el asco volvía a apoderarse de él y en ese estado famélico llegó a la pieza mientras vomitaba en el piso del pasillo, pero ahora había cometido un error; los zapatos de la enfermera estaban sucios y ella se percató rápidamente de eso. Entonces ella pronunció las únicas palabras que diría en todo el resto de día “Idiota, por esto te quedarás todo el día sin comer” y lo tiró hacia el interior.
Cuando estuvo dentro el sabor del vómito en su boca y su camisa sucia le volvía a producir asco pero ya no fue capaz de vomitar, estaba tan débil que sólo pudo subir a la cama para quedar apoyado en la pared. El silencio lo embargaba y en su mente las imágenes de la ducha y su madre lo torturaron de tal forma que de sus ojos comenzaron a brotar lágrimas, cosa que hacía años no hacían. Entonces fue cuando la imagen de Dios volvía y sólo pudo decir “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”, en ese momento fue cuando una luz roja apareció envolviendo toda la pieza y una voz ronca dijo “¿Así que también te ha abandonado?”.