7/18/09
A veces me pregunto cuál debe de ser el momento que recordemos antes de morir. Justo en ese instante en que seamos conscientes de que, finalmente, hemos cumplido (o no) nuestro cometido en la vida, que se nos ha acabado el tiempo, ¿en qué pensaremos? ¿Qué será lo que rememoremos entonces? Y ¿cuáles son los patrones que establecen si un momento es digno de ser recordado precisamente antes de nuestra muerte? La verdad es que toda esta retórica no es más que una excusa (bastante ridícula y endeble, por cierto) para reconocer que he perdido la cuenta de las veces que he intentado convencerme de que pensaré en una de tus sonrisas. Bueno… en “una de tus sonrisas”, no. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas. Tus sonrisas de colores, las de los domingos o las de los días de tormenta en verano, incluso tus sonrisas forzadas o aquellas que no tienen cabida en el ranking de las novecientas veinticinco mil doscientas setenta y tres sonrisas más bonitas que este mundo haya presenciado jamás. Pensaré en cualquiera de tus sonrisas porque son ellas las que suponen mi mayor motivo para sonreír. Intentaré poner nombre a todos y cada uno de los colores que aparezcan en esa última sonrisa. Y fracasaré. Sonará un piano, como tantas otras veces, y no llegaré a darme cuenta de que se trata del latir desordenado y desacompasado de nuestros corazones, como tantas otras veces. Y me preguntaré dónde estás, dónde estás y por qué tengo que imaginar cualquiera de tus sonrisas en lugar de presenciarla. Porque no puedo soportar la idea de que haya relojes que se atrevan a medir el tiempo que paso sin ti.