Soy una canción que intenta capturar nubes de una máquina expendedora y se pierde al unir los puntos finales de las estelas que dejan los aviones. Circulo a 200 kilómetros por hora en la carretera que lleva de tu aurícula derecha a tu ventrículo izquierdo y me paran unos policías. Dicen que voy a mayor velocidad de la permitida. Qué sabrán ellos. Además, en esta carretera no tendría que haber límite de velocidad. Me piden la documentación de muy mala manera mientras se resguardan de la lluvia con sus manos. Dirijo una mirada rápida hacia el cielo. Huele a lluvia, pero no ha llovido ni va a llover.
Eres el viento. Eres el viento que alborota y enreda mi cabello cuando estoy frente al mar. Hay rincones en tus ojos donde existen álbumes de fotos y ventanas. Montones de ventanas. Una vez leí en el periódico una entrevista a una mujer china que dedica su vida a buscar por cualquier lugar una nube más que nunca nadie haya visto, una con una forma más redonda, otra de un tono más anaranjado. El periodista al que encargaron la entrevista le preguntó cómo estaba tan segura de que nadie había visto las nubes que fotografiaba. Ella aseguró que estamos todo el día viendo cosas, el reloj, el cielo, el ir y venir de los que esperan el metro o el autobús, los conductores de coches y taxis, pero nunca nos detenemos a observar. Y ella, sí. Ella se para, cierra los ojos, respira, da igual que sea de noche o de día, porque de noche algunas veces también hay nubes, estira los brazos para sentir el viento y si no hace viento se lo inventa, sonríe o llora o suspira, abre los ojos, observa y fotografía. Nos engañamos diciéndonos que podemos, pero no podríamos si no nos engañásemos. Claro, como si el cielo de Nueva York no fuera el nuestro también.
(Y yo sigo queriendo atrapar copos de nieve por mucho que tú no entiendas mis metáforas.)