Año 1.993: Relato de un sociólogo desde adentro de LDA
1/14/09
"2 horas antes de comenzar el partido, se encontraban unas pocas personas en las graderías debajo del marcador, en la zona sur del Estadio Nacional, sector que ocupan los miembros de la barra de Los de Abajo. Poco a poco se va juntando más gente. Unos jóvenes se encuentran colocando unos lienzos, cinco en total, en el sector sur, desde la parte alta en donde está el marcador electrónico hacia abajo hasta el sector de las rejas, en donde son amarrados. Llevan los colores de la «U»: rojo y azul.
Algunos muchachos, de no más de dieciséis años, corren de arriba a abajo por las graderías empujándose entre ellos, pero sin pretender hacer caer a nadie; pasan cerca mío y noto que, por lo menos uno, se encuentra visiblemente borracho.
Desde la entrada del estadio, el Tam–Tam del Bombo anuncia su llegada. Lo veo emerger desde una de las bocas que conecta las escaleras que suben desde los corredores que van por debajo de las graderías, hasta la entrada al sector en donde están ubicados los hinchas de la «U». Detrás del Bombo, acompañándolo con gritos, cantos y golpeando las palmas de las manos, vienen unos 60 jóvenes que pertenecen a un rango de edad que va desde los 12 hasta los 25 años. Se porta el Bombo como si fuera el
«Santo Grial» que hará posible y dará sentido a la «liturgia» que se representará durante los 90 minutos del partido.
Algunos gritan ¡Ce–ache–í, Chi, l-e, le, chi–chi–chi, le–le–le, Universidad de Chile! Dale, dale, dale, león,
dale...
En las galerías, veo matrimonios jóvenes acompañados de sus hijos, a los que les han comprado banderines, cintillos y gorros con símbolos de la «U». Los niños son los primeros que agitan sus banderas.
También se ven jóvenes solos, con vestimentas que hacen pensar que se vinieron directamente de la oficina al partido.
El equipo de Palestino entra a la cancha por la «manga» de plástico que se implementa, transitoriamente, para que los jugadores que ingresan al campo no reciban los proyectiles lanzados desde las galerías. Se escuchan unos pocos silbidos desde la «barra azul»; se nota que lo importante en el partido no va a ser el contrario, sino el equipo «azul». Se cantan estrofas cortas que se usan para llamar al equipo a que entre a
la cancha.
Como respondiendo al llamado, ingresa por la «manga» el equipo de la Universidad de Chile, el equipo «azul». Algunos de sus jugadores, no más de siete, se acercan al sector en donde está la barra y levantan los brazos, saludándola. Es un gesto de reconocimiento, pero que noto muy mezquino, desabrido. Es una migaja que no corresponderá en absoluto a la entrega y al esfuerzo físico y emocional que les será ofrecido durante dos horas por los barristas. La barra no nota o no hace caso de este desapego y saluda a su equipo gritando con entusiasmo. Como decía antes, ellos se autodenominan como "bullangueros", en el sentido de revoltosos, bulliciosos. Y el término «Bulla», una derivación del anterior, lo utilizan para designar al club y al equipo.
Los vendedores ambulantes interrumpen de vez en cuando la vista de lo que ocurre en la cancha, al pasar por entre las graderías gritando sus mercancías: maní, emparedados con palta y jamón, bebidas, gorros, banderas e insignias de la «U».
Toda la actividad de los gritos, cantos, saltos, etc. surge del núcleo de la barra, el llamado «pozo», en donde se encuentran unos doscientos jóvenes. Yo me he ubicado cerca de ellos. Los jóvenes barristas son ordenados y dirigidos por los líderes a cargo del Bombo. Este va a ser tocado por lo menos durante unas dos horas, desde la llegada al estadio hasta que se sale de éste.
Sobre el muro divisorio que hace la separación del núcleo inferior de la barra hasta donde se ubica el Bombo y las cajas de percusión, se encuentran parados unos treinta niños, adolescentes y jóvenes, que van formados desde la derecha en donde se encuentra el Bombo, hasta topar a la izquierda al otro costado del muro. Ambos grupos convergen hacia el Bombo, y desde ahí incentivan a los hinchas del equipo de la
«U» a cantar y a gritar. Los jóvenes que están parados sobre el muro, y cuya edad promedio no debe ser más allá de dieciséis años, casi no miran el partido. Su función es levantar el ánimo de los rezagados, de los remolones. Son los que «recogen» los gritos y cantos desde el «pozo» y los transmiten hacia los que se encuentran fuera de éste.
HERMOSO RELATO, GRACIAS BAUL AZUL.