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Había una Sandía gorda, gorda, gorda que un buen día conoció a unos niños un tanto peculiares. Ella quería ser la más bella del mundo y lo hizo saber bien a todos y cada uno de los niños a los que había sido presentada. Al principio, no todos la escuchaban y eso desesperanzaba un poco a la linda fruta en su búsqueda de la belleza. Sin embargo, ella no se rendía y a través de su gran amiga y aliada, la Música y su compañera, la Danza transmitía su mensaje a los pequeños. Cada día eran más los que se unían a ella y le ayudaban en su cometido. En un principio sólo quería conquistarlos a todos a través de su ansiada belleza, pero durante el camino aprendió muchas más cosas, gracias a estas pequeñas criaturitas. Primero, le enseñaron a caminar en ellos, cosa nada fácil, más tarde a nadar entre los más revoltosos. Fue cogiendo soltura y esquió para que los más rápidos no se le escaparan. Tras compartir un breve, pero intenso, tiempo con los críos, la Sandía encontró, por fin, su ansiada belleza. La descubrió en la sonrisa de cada uno de sus peques y comprendió que la que había sido conquistada era ella.
Foto: voluntarios de SanFran (2ª tanda) en el puente colgante de Getxo
...gracias...