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LA INSURRECCION QUE VIENE (IV)
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LA INSURRECCION QUE VIENE (IV)

7/3/09
Tercer círculo
“La vida, la salud, el amor son precarios ¿por qué habría de
escapar el trabajo a esta ley?”
No hay una cuestión tan embrollada en Francia como la del trabajo.
No hay relación más enrevesada que la de los franceses con el
trabajo. Id a Andalucía, a Argelia, a Nápoles. En el fondo se desprecia
el trabajo. Id a Alemania, a los Estados Unidos, a Japón. Se sueña con
el trabajo. Las cosas cambian, es verdad. Hay muchos otaku en Japón,
frobe Arbeitslose en Alemania y workoholics en Andalucía. Pero por el
momento esto no son más que curiosidades. En Francia, se emplean
manos y pies para trepar por la jerarquía, pero se halaga en privado
el no trabajar más que el otro. Se queda a trabajar hasta las diez de la
noche cuando el curro está desbordado, pero nunca hubo escrúpulos
en robar, por aquí y por allá, material de la oficina, o en purgar del
stock de la caja las piezas defectuosas para venderlas luego. Tener
trabajo es un honor y trabajar una marca de servilismo. En resumen:
el perfecto cuadro clínico de la histeria. Se ama detestando, se
detesta amando. Y cada uno sabe del estupor y el desarraigo que
golpea al histérico cuando este pierde a su víctima, a su maestro. Lo
más frecuente es que no se restablezca.
En este país, en el fondo político, que es Francia, el poder industrial
siempre ha sido sumiso al poder estatal. La actividad económica
nunca ha dejado de estar desconfiadamente dirigida por una
administración puntillosa. Los grandes patronos que no provienen
de la nobleza de Estado por vía Politechnique?ENA son los parias del
mundo de los negocios donde se admite, en secreto, que dan un poco
de lástima. Bernard Tàpie es su trágico héroe: adulado un día, en la
cárcel al siguiente, siempre intocable. Que ahora cambie de escena no
tiene nada de sorprendente. Contemplándole como se contempla a
un monstruo, el público francés le mantiene a distancia y, por el
espectáculo de una tan fascinante infamia, se preserva de su
contacto. Pese al gran bluff de los años ochenta, el culto a la empresa
nunca arraigó en Francia. El que escriba un libro para vilipendiarla
tiene un seguro best seller. Los managers, sus costumbres y su
literatura sirven para pavonearse en público, pero dejan a su
alrededor un cordón sanitario de burla sorda, un océano de
desprecio, un mar de sarcasmos. El empresario no forma parte de la
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familia. Como máximo, en la jerarquía de lo detestable, se le prefiere
al policía. Ser funcionario sigue siendo, contra viento y marea, contra
los golden boys y las privatizaciones, la definición aceptada de un
buen trabajo. Se puede envidiar la riqueza de los que la poseen, pero
no se envidia su puesto.
Sobre el fondo de esta neurosis, los sucesivos gobiernos todavía
pueden declarar la guerra al desempleo, y pretender librar la “batalla
del empleo” mientras los ex?ejecutivos acampan con sus portátiles
en las tiendas de Médicos del mundo que están levantadas en las
orillas del Sena. Cuando las exclusiones masivas de las listas del
ANPE se esfuerzan por hacer descender el número de desempleados
por debajo de los dos millones a pesar de todos los trucos
estadísticos. Cuando sólo el RMI y el biz son la garantía, según la
opinión generalizada, contra una explosión social posible en
cualquier momento. La economía psíquica de los franceses es tanta
que la propia estabilidad política del país es la que se juega en el
mantenimiento de la ficción del trabajo.
Que se nos permita hacer.
Pertenecemos a una generación que vive muy bien sin esta ficción.
Que nunca pensó en la jubilación ni en el derecho laboral, todavía
menos en el derecho al trabajo. Que no es tampoco “precaria” como
se complacen en teorizarla las facciones más avanzadas de la
militancia izquierdista, porque ser precario es definirse todavía en
relación a la esfera del trabajo, bajo la especie: en su descomposición.
Admitimos la necesidad de ganar dinero, que importan los medios
para ello, porque en el presente es imposible pasar sin él, pero no la
necesidad de trabajar. Por cierto, nosotros no trabajamos: nosotros
chupamos. La empresa no es un lugar en el que nosotros existimos,
es un lugar que atravesamos. No somos cínicos, somos sólo
reticentes a dejar que abusen de nosotros. Los discursos sobre la
motivación, la calidad, la inversión personal nos resbalan para mayor
angustia de los gestores de recursos humanos. Se dice que estamos
decepcionados de la empresa, que ésta no ha pagado la lealtad de
nuestros padres, despedidos demasiado a la ligera. Se miente. Para
estar frustrado, es necesario haber esperado algo. Y nosotros nunca
hemos esperado nada de ella: la vemos como lo que es y nunca ha
dejado de ser: un juego para víctimas de confort variable. Sólo
lamentamos que nuestros padres hayan mordido el anzuelo, deux du
moins qui y ont cru.
La confusión de sentimientos que rodea la cuestión del trabajo se
puede explicar así: la noción de trabajo siempre está oculta

Guestbook Comments (7)

bajo dos
dimensiones contradictorias: una dimensión de explotación y una
dimensión de participación. Explotación de la fuerza de trabajo
individual y colectiva por la apropiación privada o social de la
plusvalía; participación en una obra común mediante los lazos que se
tejen entre los que cooperan en el seno del universo productivo. Las
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dos dimensiones están viciadamente confusas en la noción del
trabajo, lo que explica la indiferencia de los trabajadores, a fin de
cuentas, ante la retórica marxista, que niega la dimensión
participativa, como ante la retórica del management que niega la
dimensión explotadora. De ahí, también, la ambivalente relación con
el trabajo, al tiempo deshonrado en tanto nos convierte en extraños a
lo que hacemos y adorado en tanto es una parte de nosotros la que se
decide. El desastre, aquí, es previsible: reside en todo lo que ha
necesitado destruir, en todos aquellos que ha necesitado desarraigar
para que el trabajo acabe por aparecer como la única manera de
existir. El horror del trabajo es menor en el propio trabajo que la
destrucción metódica, desde hace siglos, de todo lo que no es trabajo:
familiaridades de barrio, de oficio, de pueblo, de lucha, de
parentesco; apego a los lugares, a los seres, a las estaciones, a las
maneras de hacer y de hablar.
Ahí reside la actual paradoja: el trabajo ha triunfado sin duda sobre
el resto de las maneras de existir, incluso en un tiempo en el que los
trabajadores se han convertido

en superfluos. Los aumentos de
productividad, la deslocalización, la mecanización, la automatización,
la numerización de la producción han progresado tanto que han
reducido a casi nada la cantidad de trabajo vivo necesario para la
realización de cualquier mercancía. Vivimos la paradoja de una
sociedad de trabajadores sin trabajo donde la diversión, el consumo,
las distracciones no hacen sino acentuar todavía la carencia de
aquello de lo que nos deberían distraer. La mina de Carmaux, que se
hizo célebre hace un siglo por sus violentas huelgas, ha sido
reconvertida en Cap Découverte. Es un “sector multiocio” hecho para
el skateboard y la bicicleta, y que se enseña en un “museo de la Mina”
en el que se simulan las explosiones de grisú para los veraneantes.
En las empresas, el trabajo se divide siempre de la manera más
visible en empleos altamente cualificados, concepto, control,
coordinación, comunicación unidos para la realización de todos los
saberes necesarios del nuevo proceso de producción cibernética, y
en empleos descualificados de subsistencia y mantenimiento del
proceso. Los primeros son una pequeña cantidad, muy bien pagados
y consiguientemente convencidos de que la minoría a la que
pertenecen no permitiría dejar escapar ni una migaja. Su trabajo y
ellos no producen más que una angustiosa presión. Directivos,
científicos, lobbystas, investigadores, programadores, consultores,
ingenieros no cesan literalmente jamás de trabajar. Hasta sus culos
pla

planos aumentan su productividad. “Las empresas más creativas son
también aquellas en las que las relaciones íntimas son más
numerosas” teoriza un filósofo para RRH. “Los colaboradores de la
empresa, confirman en Daimler?Benz, forman parte del capital de la
empresa (…) Su motivación, su saber hacer, su capacidad de
innovación y su preocupación por los deseos de la clientela
constituyen la materia prima de los servicios innovadores (…) Su
comportamiento, su competencia social y emocional tienen una
importancia creciente en la evaluación de su trabajo (…) Éste nunca
más será evaluado por el número de horas de presencia sino en base
a objetivos claros y a la calidad de los resultados. Ellos son los
empresarios.”
El conjunto de las tareas que no pueden ser confiadas a la
automatización forman una nebulosa de puestos que, al no poder ser
ocupados por las máquinas, son ocupables por no importa qué
humanos –manipuladores, almacenistas, trabajadores en cadena,
temporeros, etc. Esta flexible mano de obra, indiferenciada, que pasa
de una tarea a otra y nunca se queda demasiado tiempo en una
empresa, no puede constituirse en una fuerza, no estando nunca en
el centro de los procesos de producción sino pulverizada en una
multitud de intersticios, ocupada en tapar los agujeros de lo que no
ha sido mecanizado. El interino es la figura de este obrero que nunca
es uno, que no tiene otro oficio sino las capacidades que vende a lo
largo de sus tareas, y en las que l

las que la disponibilidad es todavía un
trabajo.
Al margen de este núcleo de trabajadores eficaces, necesarios para
el buen funcionamiento de la máquina, se extiende a partir de ahora
una mayoría convertida en supernumeraria, que es ciertamente útil
al flujo de la producción, pero no mucho, y que empuja la máquina
hacia el riesgo, en su desocupación, de ponerse a sabotearla. La
amenaza de una desmovilización general es el fantasma que se
aparece al actual sistema de producción. A la pregunta “¿Por qué
trabajar, entonces?” no todo el mundo responde como aquel ex
Rmiste a Libération: “Por mi bienestar. Es necesario que me ocupe en
algo”. Existe un serio riesgo de que terminemos por encontrar un
empleo a nuestra desocupación. Esta población flotante debe ser
ocupada, o mantenida. O es que no se ha encontrado a día de hoy un
método disciplinario mejor que el asalariado. Será entonces
necesario continuar el desmantelamiento de las “experiencias
sociales” para devolver al regazo salarial a los más rebeldes, a los que
no se rinden ante la alternativa entre morir de hambre y pudrirse en
la cárcel. La explosión del sector esclavista de los “servicios
personales” debe seguir: empleadas domésticas, restauración,
masaje, asistencia a domicilio, prostitución, cuidados médicos, ocio
terapéutico, ayuda psicológica, etc. Todo ello acompañado de una
continua revalorización de las normas de seguridad, de higiene, de
conducta y de cultura, de una aceleración en la fugacid

fugacidad de las
modas, que asientan por sí mismas la necesidad de estos servicios.
En Rouen, los parquímetros han dejado paso al “parquímetro
humano”: alguien que se aburre en la calle os expide un ticket de
estacionamiento y os alquila, si es el caso, un paraguas para un
chaparrón.
El orden del trabajo fue el orden del mundo. La evidencia de su
ruina contagia el tétanos a la única idea que resulta de todo esto.
Trabajar, hoy, se vincula menos a la necesidad económica de producir
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mercancías que a la necesidad política de producir de los
productores y los consumidores, de salvar por cualquier medio el
orden del trabajo. Producirse a sí mismo, está en trance de
convertirse en la ocupación dominante de una sociedad en la que la
producción ha devenido sin objeto: como un carpintero al que se
hubiera desposeído de su taller y que se pusiera, por su
desesperación, a cepillarse a sí mismo. Ésta es la razón del
espectáculo de esos jóvenes que se entrenan para sonreír durante su
entrevista de trabajo, que se hacen blanquear los dientes para
ascender, que van a los bares nocturnos para estimular el espíritu de
equipo, que aprenden inglés para estimular su carrera, que se
divorcian o se casan para actualizarse, que hacen cursos de teatro
para convertirse en líderes mediante el “desarrollo personal” para
mejor “gobernar los conflictos” – “El desarrollo personal más íntimo,
pretende cualquier gurú, llevará a una mejora de la estabilidad
emocional, a una más fá

fácil apertura a las relaciones, a una agudeza
intelectual mejor dirigida, y por consecuencia a un mejor resultado
económico.” El bullicio de este pequeño mundo que espera con
impaciencia ser seleccionado por entrenarse para ser natural revela
una tentativa de salvamento del orden del trabajo mediante una ética
de la movilización. Ser movilizado es regresar al trabajo no como
actividad, sino como posibilidad. Si el parado que se quita sus
piercings, va al peluquero y ejecuta los “proyectos”, trabaja
correctamente en “su empleabilidad”, como se dice, es que
testimonia su movilización. La movilización, es este ligero
desprendimiento respecto de uno mismo, este desgarramiento
mínimo en lo que nos constituye, esta condición de extranjería a
partir de la que el Yo puede ser tomado como objeto de trabajo, a
partir del que se convierte en posible venderse a sí mismo y no su
fuerza de trabajo, hacerse remunerar no por lo que se hace sino por
lo que se es, por nuestra exquisita maestría en los códigos sociales,
nuestros talentos en las relaciones, por nuestra sonrisa y nuestra
manera de presentarnos. Es la nueva norma de socialización. La
movilización opera la fusión de los dos polos contradictorios del
trabajo: aquí, se participa en su explotación y se explota toda
participación. Se es uno mismo, idealmente, una pequeña empresa,
su propio patrón y su propio producto. Se trata, se trabaje o no, de
acumular contactos, competencias, la “red”, en resumen: el “capita

“capital
humano”. La conminación planetaria a movilizarse bajo el menor
pretexto –el cáncer, el “terrorismo”, un terremoto, los SDF? resume la
determinación de las potencias reinantes de mantener el reino del
trabajo más allá de su desaparición física.
La presente apariencia de producción es pues, de un lado, esta
gigantesca máquina de movilizar psíquicamente y físicamente, de
chupar la energía de los seres humanos convertidos en
excedentarios, de otro es esta máquina de clasificar que determina la
supervivencia de las subjetividades conformes y abandona a los
“individuos de riesgo”, a todos aquellos que encarnan otro empleo de
la vida, y por lo tanto, resisten. De un lado, se hace vivir a los

fantasmas y, por otro se deja morir a los vivos. Esta es la función
propiamente política del presente aparato de producción.
Organizarse por todo esto contra el trabajo, desertar
colectivamente del régimen de la movilización, manifestar la
existencia de una vitalidad y de una disciplina en la propia
desmovilización es un crimen que una civilización desesperada no
puede perdonarnos; esta es la única manera efectiva de sobrevivir a
ella.

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