|
close
You will be charged
This gift will be added to your comment for free!
|
||
en superfluos. Los aumentos de
productividad, la deslocalización, la mecanización, la automatización,
la numerización de la producción han progresado tanto que han
reducido a casi nada la cantidad de trabajo vivo necesario para la
realización de cualquier mercancía. Vivimos la paradoja de una
sociedad de trabajadores sin trabajo donde la diversión, el consumo,
las distracciones no hacen sino acentuar todavía la carencia de
aquello de lo que nos deberían distraer. La mina de Carmaux, que se
hizo célebre hace un siglo por sus violentas huelgas, ha sido
reconvertida en Cap Découverte. Es un “sector multiocio” hecho para
el skateboard y la bicicleta, y que se enseña en un “museo de la Mina”
en el que se simulan las explosiones de grisú para los veraneantes.
En las empresas, el trabajo se divide siempre de la manera más
visible en empleos altamente cualificados, concepto, control,
coordinación, comunicación unidos para la realización de todos los
saberes necesarios del nuevo proceso de producción cibernética, y
en empleos descualificados de subsistencia y mantenimiento del
proceso. Los primeros son una pequeña cantidad, muy bien pagados
y consiguientemente convencidos de que la minoría a la que
pertenecen no permitiría dejar escapar ni una migaja. Su trabajo y
ellos no producen más que una angustiosa presión. Directivos,
científicos, lobbystas, investigadores, programadores, consultores,
ingenieros no cesan literalmente jamás de trabajar. Hasta sus culos
pla
planos aumentan su productividad. “Las empresas más creativas son
también aquellas en las que las relaciones íntimas son más
numerosas” teoriza un filósofo para RRH. “Los colaboradores de la
empresa, confirman en Daimler?Benz, forman parte del capital de la
empresa (…) Su motivación, su saber hacer, su capacidad de
innovación y su preocupación por los deseos de la clientela
constituyen la materia prima de los servicios innovadores (…) Su
comportamiento, su competencia social y emocional tienen una
importancia creciente en la evaluación de su trabajo (…) Éste nunca
más será evaluado por el número de horas de presencia sino en base
a objetivos claros y a la calidad de los resultados. Ellos son los
empresarios.”
El conjunto de las tareas que no pueden ser confiadas a la
automatización forman una nebulosa de puestos que, al no poder ser
ocupados por las máquinas, son ocupables por no importa qué
humanos –manipuladores, almacenistas, trabajadores en cadena,
temporeros, etc. Esta flexible mano de obra, indiferenciada, que pasa
de una tarea a otra y nunca se queda demasiado tiempo en una
empresa, no puede constituirse en una fuerza, no estando nunca en
el centro de los procesos de producción sino pulverizada en una
multitud de intersticios, ocupada en tapar los agujeros de lo que no
ha sido mecanizado. El interino es la figura de este obrero que nunca
es uno, que no tiene otro oficio sino las capacidades que vende a lo
largo de sus tareas, y en las que l
las que la disponibilidad es todavía un
trabajo.
Al margen de este núcleo de trabajadores eficaces, necesarios para
el buen funcionamiento de la máquina, se extiende a partir de ahora
una mayoría convertida en supernumeraria, que es ciertamente útil
al flujo de la producción, pero no mucho, y que empuja la máquina
hacia el riesgo, en su desocupación, de ponerse a sabotearla. La
amenaza de una desmovilización general es el fantasma que se
aparece al actual sistema de producción. A la pregunta “¿Por qué
trabajar, entonces?” no todo el mundo responde como aquel ex
Rmiste a Libération: “Por mi bienestar. Es necesario que me ocupe en
algo”. Existe un serio riesgo de que terminemos por encontrar un
empleo a nuestra desocupación. Esta población flotante debe ser
ocupada, o mantenida. O es que no se ha encontrado a día de hoy un
método disciplinario mejor que el asalariado. Será entonces
necesario continuar el desmantelamiento de las “experiencias
sociales” para devolver al regazo salarial a los más rebeldes, a los que
no se rinden ante la alternativa entre morir de hambre y pudrirse en
la cárcel. La explosión del sector esclavista de los “servicios
personales” debe seguir: empleadas domésticas, restauración,
masaje, asistencia a domicilio, prostitución, cuidados médicos, ocio
terapéutico, ayuda psicológica, etc. Todo ello acompañado de una
continua revalorización de las normas de seguridad, de higiene, de
conducta y de cultura, de una aceleración en la fugacid
fugacidad de las
modas, que asientan por sí mismas la necesidad de estos servicios.
En Rouen, los parquímetros han dejado paso al “parquímetro
humano”: alguien que se aburre en la calle os expide un ticket de
estacionamiento y os alquila, si es el caso, un paraguas para un
chaparrón.
El orden del trabajo fue el orden del mundo. La evidencia de su
ruina contagia el tétanos a la única idea que resulta de todo esto.
Trabajar, hoy, se vincula menos a la necesidad económica de producir
16
mercancías que a la necesidad política de producir de los
productores y los consumidores, de salvar por cualquier medio el
orden del trabajo. Producirse a sí mismo, está en trance de
convertirse en la ocupación dominante de una sociedad en la que la
producción ha devenido sin objeto: como un carpintero al que se
hubiera desposeído de su taller y que se pusiera, por su
desesperación, a cepillarse a sí mismo. Ésta es la razón del
espectáculo de esos jóvenes que se entrenan para sonreír durante su
entrevista de trabajo, que se hacen blanquear los dientes para
ascender, que van a los bares nocturnos para estimular el espíritu de
equipo, que aprenden inglés para estimular su carrera, que se
divorcian o se casan para actualizarse, que hacen cursos de teatro
para convertirse en líderes mediante el “desarrollo personal” para
mejor “gobernar los conflictos” – “El desarrollo personal más íntimo,
pretende cualquier gurú, llevará a una mejora de la estabilidad
emocional, a una más fá
fácil apertura a las relaciones, a una agudeza
intelectual mejor dirigida, y por consecuencia a un mejor resultado
económico.” El bullicio de este pequeño mundo que espera con
impaciencia ser seleccionado por entrenarse para ser natural revela
una tentativa de salvamento del orden del trabajo mediante una ética
de la movilización. Ser movilizado es regresar al trabajo no como
actividad, sino como posibilidad. Si el parado que se quita sus
piercings, va al peluquero y ejecuta los “proyectos”, trabaja
correctamente en “su empleabilidad”, como se dice, es que
testimonia su movilización. La movilización, es este ligero
desprendimiento respecto de uno mismo, este desgarramiento
mínimo en lo que nos constituye, esta condición de extranjería a
partir de la que el Yo puede ser tomado como objeto de trabajo, a
partir del que se convierte en posible venderse a sí mismo y no su
fuerza de trabajo, hacerse remunerar no por lo que se hace sino por
lo que se es, por nuestra exquisita maestría en los códigos sociales,
nuestros talentos en las relaciones, por nuestra sonrisa y nuestra
manera de presentarnos. Es la nueva norma de socialización. La
movilización opera la fusión de los dos polos contradictorios del
trabajo: aquí, se participa en su explotación y se explota toda
participación. Se es uno mismo, idealmente, una pequeña empresa,
su propio patrón y su propio producto. Se trata, se trabaje o no, de
acumular contactos, competencias, la “red”, en resumen: el “capita
“capital
humano”. La conminación planetaria a movilizarse bajo el menor
pretexto –el cáncer, el “terrorismo”, un terremoto, los SDF? resume la
determinación de las potencias reinantes de mantener el reino del
trabajo más allá de su desaparición física.
La presente apariencia de producción es pues, de un lado, esta
gigantesca máquina de movilizar psíquicamente y físicamente, de
chupar la energía de los seres humanos convertidos en
excedentarios, de otro es esta máquina de clasificar que determina la
supervivencia de las subjetividades conformes y abandona a los
“individuos de riesgo”, a todos aquellos que encarnan otro empleo de
la vida, y por lo tanto, resisten. De un lado, se hace vivir a los
fantasmas y, por otro se deja morir a los vivos. Esta es la función
propiamente política del presente aparato de producción.
Organizarse por todo esto contra el trabajo, desertar
colectivamente del régimen de la movilización, manifestar la
existencia de una vitalidad y de una disciplina en la propia
desmovilización es un crimen que una civilización desesperada no
puede perdonarnos; esta es la única manera efectiva de sobrevivir a
ella.
To leave a comment, please log in by clicking one of the following
bajo dos
dimensiones contradictorias: una dimensión de explotación y una
dimensión de participación. Explotación de la fuerza de trabajo
individual y colectiva por la apropiación privada o social de la
plusvalía; participación en una obra común mediante los lazos que se
tejen entre los que cooperan en el seno del universo productivo. Las
14
dos dimensiones están viciadamente confusas en la noción del
trabajo, lo que explica la indiferencia de los trabajadores, a fin de
cuentas, ante la retórica marxista, que niega la dimensión
participativa, como ante la retórica del management que niega la
dimensión explotadora. De ahí, también, la ambivalente relación con
el trabajo, al tiempo deshonrado en tanto nos convierte en extraños a
lo que hacemos y adorado en tanto es una parte de nosotros la que se
decide. El desastre, aquí, es previsible: reside en todo lo que ha
necesitado destruir, en todos aquellos que ha necesitado desarraigar
para que el trabajo acabe por aparecer como la única manera de
existir. El horror del trabajo es menor en el propio trabajo que la
destrucción metódica, desde hace siglos, de todo lo que no es trabajo:
familiaridades de barrio, de oficio, de pueblo, de lucha, de
parentesco; apego a los lugares, a los seres, a las estaciones, a las
maneras de hacer y de hablar.
Ahí reside la actual paradoja: el trabajo ha triunfado sin duda sobre
el resto de las maneras de existir, incluso en un tiempo en el que los
trabajadores se han convertido