11/5/09
Cargada de labores y quehaceres, así fui siempre yo. No me gustaba ser la típica imberbe que sólo iba al colegio y salía a bailar. Siempre fui de planificar cada paso, trazar cada movimiento y hacer un bosquejo de cómo iba a actuar en cada momento. Pero como es habitual en mi vida, existen circunstancias que lo rompen todo. Existen agentes que destruyen planes, que te dejan férreo ante cual trance. Si yo nunca hubiera sido tan perfeccionista, quizá jamás me hubieran desintegrado en dolores, que al fin de al cabo no tenían el mando, pero mi mente tan volátil se encargaba de nutrirlos al fin de saturarlos de angustia. Porque hostil y áspera, nunca me había enamorado. No sólo eso, estaba totalmente eludida de ese tipo de cosas. Mi cabeza me repetía que eran estupideces para chicos; era como si algo me hubiese prohibido toda mi vida enamorarme. Esquivaba al amor, como un pasatiempo fraudulento y hasta llegaba a burlarme de quienes salían afectados. Pero como toda maniobra, formaba parte de algún propósito, alguna intención, algún plan. Y aún sabiéndolo, dejé que mi mente me manipulara.