12/8/08
Su piel estaba limpia, muy limpia. Sus ojos grandes
atentos al próximo movimiento, a la próxima caricia,
atentos a mi mano que nerviosa, se mezclaba entre su pelo.
Fue mi camisa lo primero y después su vestido, despacio, queriendo y no, explorando, sin parar de besar, sin parar de mirar; abrazarla, sentir su pecho contra el mío,
abrazar su espalda, consumirla con mis manos.
Su boca en mi boca, sus labios entre mis labios y entre un rio de tibia saliva que se volvía espesa y escasa. Su lengua como una serpiente. Su cuello, bocado de mi beso. Mi mano que se hundía como un pez que se hundía bajo sus bragas húmedas, que se hundúa irremediablemente y la froto y resbalo, y se hincó y resbaló, y se sumergió y resbaló mientras se oía —casi tímida— su voz, su voz rugosa, ahumada y jadeante..
La arrojé leve sobre la cama; la volví a besar. Abrí sus piernas como un libro sagrado de páginas.
Después se puso ella encima de mí, y adentré mi carne entre sus carnes, mi jugo entre su jugo, y quedé sembrado, fértil y seguro. Y temblaban sus piernas, y temblaron mis manos..
Y fuimos ella y yo en un solo temblor que no termina..
habíamos hecho el amor...
Tu y yo en mi habitación,la oscuridad,nuestra canción y ya soy feliz. (L)