Usted y yo estamos realmente muy bien conectados con el Sur. Estamos sutilmente conectados con un campesino sin tierra de Nicaragua a través de nuestras tazas de café. Con un nigeriano cuando calentamos la cafetera con gas natural. Con un ecuatoguineano cuando arrancamos nuestro automóvil. Con un indígena indonesio al comprar en Ikea. O con un emigrante magrebí al votar a un partido que favorece su monarquía totalitaria. La globalización no es ninguna broma. Habitantes de distintos continentes interconectados, economías interconectadas, políticas interiores de unos Estados condicionadas por políticas de terceros, guerras contra población civil por intereses geoestratégicos de lobbies lejanos... Un sinfín de relaciones inter y transnacionales definidas principalmente por una dinámica específica: la del capitalismo expandiéndose mundialmente. Una expansión que se produce en forma de sucesión de olas que impactan y transforman los pueblos de la periferia a menudo violentamente, y que han sido producidas desde un foco situado en los países intensivos en capital (Estados Unidos, Unión Europea, Japón).
Cada vez importa menos la distancia. Dada la compleja trama de hilos que atan las distintas realidades a escala planetaria, creer que la ayuda al desarrollo pueda contrarrestar la telaraña de hilos de diversa naturaleza que coartan la libertad de los habitantes del Sur pierde total sentido. ¿No deberíamos cambiar entonces de paradigma? ¿Trascender estrategias ya obsoletas? Cooperar a través de no anticooperar puede resultar mucho más eficaz. Ayudar a través de no destruir.
(...)
Una parábola resume la suma de nuestras relaciones con las poblaciones del Sur: el granjero industrial que ofrece pienso a la vaca no está precisamente cooperando con la vaca a pesar del pienso que le regala, sino que la explota para vender su leche y su carne con fines económicos generalmente egoístas. Es una relación de dominación y de explotación aunque a la vaca le guste el pienso.
La visión que nosotros tenemos, a menudo inocentemente, se concentra en recoger y desplazar algunos recursos (dinero, tecnología, alimentos,..) desde un enfoque de solidaridad, pero no ve o no quiere ver otros mecanismos que hacen que la vaca no pueda cambiar su condición. Cooperar no sólo debe significar la creación de dicho flujo de solidaridad, sino oponernos enérgicamente a flujos mucho más potentes que paralelamente están desplegados sobre las desangradas economías del Sur y que perpetúan la situación inmoral de nuestros hermanos africanos, latinoamericanos o asiáticos. Es decir, investigar las causas, divulgarlas y presionar a los actores que entre nosotros/as anticooperan.
David Llistar i Bosch. Coordinador del Observatorio de la Deuda en la Globalización/Càtedra UNESCO de Sostenibilitat de la Universitat Politècnica de Catalunya
On January 06 2008
Edit