El peregrinaje por las calles muertas de frío, antes o después de que el sol cruce la bóveda entera. Antes de que la migraña se confunda con el despertar. En lugares al cobijo de ventoleras que no mueven nada, de fríos que no hielan, de soles que no calientan.
Ya pasó la primera etapa. Cuando parecía que las piernas iban a desfallecer, pero un rellano les volvió a insuflar vida. La ida hacia mi trabajo es cuesta arriba, la vuelta cuesta abajo. Y ya no me asusto por mí ni por los demás. Solo guardo un poco de respeto a las malas jugadas que siempre pueden hacerme o que me buco solito, porque nadie esta siempre a salvo. Pero tampoco iba a estar siempre amenazado por las pesadillas donde aparecen los que tienes que despertar al cabo de unas horas. Ni me horrorizo por no tener paseando por ellos a quien me gustase. Ni por seguir más o menos solo en algunas cosas, y bien acompañado en otras. No ser conspicuo, ni ser un inútil. No salvar a nadie, ni marcarle el camino para su defunción en cuerpo o alma. No ser una estrella luminosa ni apagada, solo fugaz pero viva.
Se acumulan los cromos de los jugadores que se jubilaron. Las cartas diezmadas por la tinta corrediza y la textura amarillenta que impone la suerte del tiempo. Los escritos que eran promesas de futuro, que fueron testigos del porvenir y ahora son testamentos de cualquier tiempo pasado que fue mejor. Deshojando esos álbumes llenos de pasatiempos que al fin son el cronómetro detenido de una época que envejeció con tanto por recordar, con tanto por conseguir como perder. No me atrevería a decir que no lo echo de menos, pero eso carece de cualquier importancia. Visos de pasajes que siempre me quedan por recuperar, porque me resisto a perderlos del todo.
En medio de esta gran partida que está a medio empezar. Cambian las normas, cambian los jugadores, y no se si cambiará el desenlace. Adaptando mi progenie y mi genealogía para no hacerla desentonar con los días que se consumen uno tras otro, mientras descubro los mismos planos de mundo, pero los miro de un modo distinto.
Cada día tengo menos miedo. Porque cuando me derrumbo, mi amigo me recoge y me lleva en volandas hacia lugares seguros. Cuando la noche es una encerrona, me queda un purgatorio para ganarme la salvación. Y también porque aunque no pueda decirte nunca cuan bien me hiciste sentir, o cuan generoso fue conmigo este sentir, y cuan desdichados mis actos, siempre te querré a mi manera, inconclusa e incompleta, pero incondicional.
Los días se hacen cortos, y los años pasan con solo un par de notas recordatorias. Muchos suspiros y respiraciones poco profundas, pero tengo que ir tomando aire cada día para seguir en liza. Sin despuntar, sin apagarme. Sin destacar, sin pasar desapercibido. Aun no ha llegado el día en que mueran mis deseos, ni el día en que se cumplen las profecías, mucho menos mis cometidos. Solo calles desiertas por recorrer. Melodías más gloriosas que me reservo para cuando crea que no puedo seguir más. Una penúltima conversación, una penúltima visita, una penúltima promesa, siempre por cumplir.
Y las noches se hacen largas, pero cada vez parecen tener menos horas disponibles para colmarme de felices augurios. Para levantarme antes de despedirme, y hacerme pasar por una mácula más en este asfalto, a la vista de los ventanales que me observan. En camino entre lo que me sucede y lo que me reservo para cuando ya emprenda el camino hacia otro lado.
http://www.youtube.com/watch?v=-QfVRia4dAY
http://www.youtube.com/watch?v=5HlJWgBjd1g&feature=channel