En un lugar mejor

Os propongo que penséis en ese lugar especial que todos tenemos y al que solemos volver cuando estamos solos. ¿Lo tenéis? Ya os habréis dado cuenta de que ese lugar está en vuestra mente. En muchos casos será la proyección de un lugar físico. En otros tantos solo un lugar ideal construido a partir de ideas y fragmentos de otros espacios reales. Digamos que yo podría encasillarme en el segundo tipo. Pero sin duda alguna, todos y cada uno de nosotros, hemos cargado a ese lugar personal con un sinfín de sentimientos y sensaciones que nos arropan y nos reciben con la mayor ternura y amabilidad que seamos capaces de recrear. Lo que percibimos, al final, no es más que un cúmulo de felicidad, nostalgia y añoranza. En algunos casos, los más afortunados, esperanza por poder volver a ese lugar o al menos poder revivir lo que ese lugar te transmite, aunque sea a una escala pequeña.

Hoy quiero hablaros de mi lugar especial y de lo que siento cuando pienso en él. Me gustaría, que por un momento, seáis un poco promiscuos y dejéis que mi lugar favorito entre también en vuestras mentes y os cautive como lo hace conmigo.

He tenido la suerte de visitar una maravillosa ciudad no hace poco: Amsterdam. He de decir, que lejos de cautivarme su semáforo (rojo para los clubes de alterne, amarillo para la cerveza y verde para el cannabis), fue el hecho de poder reconocer en cada esquina, en cada canal, un sentimiento embriagador que solo podía transmitirme felicidad y bienestar. Ese clima tan suave de verano, esos días lluviosos que hacen que los canales sean más hermosos aún, esos edificios tan estrechos, pero con ventanales enormes que alejaban la idea de agobio. Su arquitectura magnífica, sus calles de adoquines, que entremezclan con, no sin algo de confusión, al peatón, al ciclista y al vehículo motorizado. Recuerdo los aromas a agua y flores, la luz reflejada en los canales y esa brisa cuasi-marina que te acariciaba dulcemente la cara. Pensad cuánto puedo llegar a estremecerme cuándo recuerdo que redescubrir todas esas sensaciones mientras das un agradable paseo en bici las potencia aún más si cabe. Cada calle te sorprendía de una forma diferente. A pesar de haber sido una visita bastante rápida, esa ciudad tiene tantos detalles, tantas pequeñas cosas que tardarías una vida en poder observarlas todas.

Sin embargo, sé que esta idealización es fruto de mi añoranza por volver. Y aunque no es un sentimiento que esté lejos de la realidad, para mi lugar ideal no cambiaría apenas nada de esa ciudad. Me quedo con todo: sus canales, sus calles, sus edificios, su aroma, sus luces por la noche (y no me refiero en absoluto al barrio rojo), sus paseos en bicicleta y en barca, sus innumerables puentes, su sorprendente parque, su historia, su cultura, su arte… Sin embargo, este lugar, este lugar solo es perfecto si sabes renunciar a tu egoísmo y lo compartes con esa persona especial. Ahora imaginad, cuán magnánimo puede convertirse todo este mundo ideal, si eres capaz de recorrerlo junto a esa persona, saber que él/ella está sintiendo lo mismo. Hacerlo en silencio, despacio, sin prisas, respirando hondo y cerrando los ojos para poder ver mejor ese mundo que nos fabricamos en nuestro interior, cerca de nuestro corazón.

On February 27 2011 Edit







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