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Lorenzo el Magnífico

Acodada en el vano de un ventanal del palacio de la calle Larga, una señora florentina se protege del viento de los Apeninos. Desde que disponen de los medios necesarios, los Médicis viven en la calle Larga, en un palacio que no cesan de mejorar y de enriquecer con las decoraciones. La señora, igual que todas las abuelas, piensa en el futuro de sus nietos. Los querría ricos, poderosos, felices. No hay que olvidar que la felicidad a la florentina pasa por la riqueza y el poder. El destino colmará los deseos de Lucrecia de Médicis: dos de sus nietos ocuparán el trono de San Pedro, con los nombres de León X y Clemente VII.

Lucrecia es una mujer exigente para consigo misma y para con los demás. Podría estar satisfecha con su excepcional belleza, pero no: practica la poesía y redacta una historia acerca de la devota Susana. Pero, sobre todo, anota en un cuadernillo cuanto observa en una Florencia ingeniosa, movediza, intrigante, floreciente, tan extraordinaria por sus vicios como por sus virtudes en medio de una Europa destrozada. Está al corriente de lo que pasa en el mundo; bajo sus cabellos blancos se esconde una cabeza pensante. Va a demostrarlo en el momento de casar a su hijo Lorenzo, al que repite todos los días:

—Condúcete como un hombre, no como un niño.

Comportarse como un hombre, en Florencia como en cualquier otra parte, significaba prioritariamente tener mujer. En la primera mitad del siglo XV, sobre todo en Florencia, cuando se trata de casamiento se pone especial cuidado en no concertar uniones con personas de rango inferior. ¡Qué horror si a un florentino se le ocurre casarse con una romana! Pero sucede que Lorenzo, para desgracia de su madre, justamente ama a una romana, a Clarisa Orsini, una jovencita de quince años, de la más alta aristocracia y en cuya familia hay varios prelados.

En las ricas casas florentinas nadie oculta que se considera de mal gusto esta unión totalmente contra natura. Luego de numerosas transacciones, en que no pesa poco el aporte de una dote de 6.000 florines romanos, el 2 de febrero de 1469 finalmente se celebra la boda. Para apaciguar los ánimos de sus conciudadanos, los padres de Lorenzo, Lucrecia y Pedro, hicieron muy bien las cosas. Nada de economías: cinco banquetes en tres días. Hay danzas, ballets y fuegos artificiales encargados a los Ruggieri, toscanos instalados que entonces están considerados como los mejores especialistas mundiales en pirotecnia. Se alimenta gratuitamente al pueblo mientras duran los festejos; ríos de vino corren desde el palacio de la calle Larga, donde Clarisa muestra a sus 3.000 invitados los 50 anillos de esmeralda que recibió de Lorenzo como regalo de bodas.

Pese a esto o tal vez por esto mismo, una atmósfera de intranquilidad se cierne sobre la pareja. Clarisa es rígida y altanera. Parece que pasa del salón de baile al confesonario. Es, en definitiva, una romana. Y él, Lorenzo, el florentino, el humanista, el libertino, tiene suficiente encanto para que una romana haya aceptado unir su vida a la suya.

Más tarde se lo llamará Lorenzo el Magnífico.

A los 21 años hereda un fardo político que le pesará. Lorenzo se aburre. Para engañar al tedio antes que engañar a Clarisa, se casa. Pero se ocupará mucho más del Estado toscano que de ella.

La imagen: Domenico Ghirlandaio, tres mujeres, detalle del nacimiento de San Juan Bautista, capilla Tornabuoni, Santa María Novella, Florencia. La mujer de la derecha es Lucrezia Tornabuoni, madre de Lorenzo.




On January 29 2009 69 Views




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