12/6/09
.
Imaginemos que vos y yo discutimos (no hace falta imaginar mucho, ¿no?), imaginemos que en medio de la discusión te siento hostil, o que lo que me decís me conecta con la bronca. Mi cuerpo se tensa, una emoción tiende a salir de mí, trascendiendo hacia tu persona. Esa emoción se quiere transformar en acción para salir.
Imaginemos ahora que esta conducta es una frase hiriente, quiero herirte. Pero yo siento, además, lo mucho que te quiero. Si no me siento capaz de herirte porque te quiero, entonces fabrico una muralla entre vos y yo que te proteja de mí.
- Mi conducta hiriente sale de mí-, pero antes de llegar a vos, choca con el muro que yo construí y, ¡oh sorpresa!, el muro se transforma en un espejo y esta actitud hostil se vuelve hacia mí.
Recibo de mí misma la actitud destructiva que había generado frente a tu conducta.
Esto es la retroflexión.
Me hago a mí misma lo que quisiera hacerte a vos en este caso.
Retroflexionar es dañarme por no dañarte, acariciarme por no acariciarte, mirarme por no mirarte, matarme por no matarte. Enojarme conmigo, por no enojarme con vos.