...
1/31/09
Jamás tanta dulzura había provocado tantas lágrimas y es que cuando comencé a besarte supe que nada sería fácil. Tus manos se enredaban en mis cabellos y tus labios provocaban en mí la angustia de sentirme vulnerable. Era una marioneta en manos de un desconocido, vencida al antojo de los sentimientos.
Fue entonces cuando mi coraza de hielo y hierro comenzó a fundirse, dejándome desnuda ante tus ojos, haciéndome entender que nada de lo que un día había sido mío me pertenecía ya. Asustada y vergonzosa caminaba por un fino hilo de dudas deseando que nada me hiciese caer. Cerrando los ojos anhelaba llegar al otro lado y que tú me acogieses impaciente entre tus brazos.
Clavé mis ojos en tu mirada lejana, busqué en tu cuerpo gestos de ternura de odio o rencor, esperé que el aire enviara hacia mis oídos una palabra perdida que me ayudara a entender tu interior. Pero nunca llegó. Intente leer entre líneas, pero solo encontré espacios en blanco, fríos y brillantes como el filo de un cuchillo que se clavaba en mi pecho impidiéndome respirar.
Fue entonces cuando intente recubrir otra vez mi alma, pero el hielo y el hierro estaban fundidos a tus pies, y el calor de tu cuerpo me impidió congelarlos de nuevo. La dulzura de tus labios no me dejaba pensar, y me perdí otra vez entre tus brazos. Con los ojos empapados en lágrimas y fuego en el corazón me hiciste comprender que tu amor nunca llegaría en forma de bonitas palabras, ni grandes gestos de admiración pero que me harías feliz cada día arrancándome sonrisas y jugando con mi pelo, mis labios y mi cuerpo. Y por supuesto, con eso me basta.