11/20/09
Probando. ¿Tiene batería el portátil? No vaya ser que me pasé la de ayer en el Dalai con el móvil. ¿Sí? Continúo.
Después de dejar a todo un cumpleaños preocupadísimo por mi inexplicable desaparición narraré mi hazaña bélica, aquella que me coronará por los siglos de los siglos y amén.
La culpa de todo esto la tiene el derecho, sí. Esa asignatura horripilante llena de decretos reales y leyes orgánicas. Me explico: había quedado con Edurne, Marina y Mar en enviar mi resumen como muy tarde el miércoles noche. Y ahí estábamos yo y mi peculiar organización mano a mano.
Tarde del martes: ¿para qué hacer el trabajo? Es muchísimo más interesante pasarme las horas hablando con el chico más guapo del mundo mundial por tuenti-chat, que como hace 13049173874 días que no le veo y apenas chateamos (guiño, guiño) teníamos mucho que decirnos. Bien entrada la noche (y estoy hablando de las dos de la mañana) decido que ya es hora de ponerse un poco en serio. Y tooooooooooma noche de locura y desfase resumiendo hasta las 5 de la mañana.
Tarde del miércoles: el grupo de documental vamos a la moraleja green a buscar pijos. Vuelvo, duermo una puta mierda me voy al estreno de Luna Nueva (sigue siendo el triple de útil que hacer derecho) me corro 8 veces con los protas de la peli y, de nuevo, a las 2 de la mañana aparezco en mi habitación dispuesta a acabar derecho: me dan las 5.
Jueves noche: después de haber dormido una mierda los dos días anteriores estoy a las 11 de la noche en Moncloa con el fin de celebrar a saco el cumple de Marina. Tan a saco, tan a saco, que dejo de tener recuerdos a eso de las… ni puta idea, pero demasiado temprano. Y cuando quiero darme cuenta, abro los ojos en un baño oscuro de un lugar en el que no se oye a nadie ni a nada. Y entonces, amigos, entonces es cuando caigo en la cuenta de que me he quedado encerrada en el Dalai. Bueno, miento, nos quedamos encerrados yo y mi móvil sin batería. Doy una vuelta por el bar, me meto en barra, pienso en la cantidad de botellas que podría robar y al poco decido dejar de hacer gilipolleces e intentar salir de ahí de una vez. Y es ahora cuando la cago doblemente porque entre la puerta de salida del bar y la calle hay una verja. Atravieso la dichosa puerta y de pronto, ni para adelante ni para atrás: ni tengo súper poderes que me permitan atravesar la valla metálica, ni se me va a abrir de nuevo la puerta de acceso al bar puesto que eso es como un portal, es muy fácil salir pero para entrar, ¡ay, bonita! necesitas las llaves.
Y ahí estamos yo y mi pequeño paraíso de dos metros cuadrados, ¡yuhuuuuuu! El primer señor que pasa por la calle resulta que conoce al encargado que no sé qué, de no sé cuál. Vaya, un poco de suerte. ¿Suerte? Hasta que me comenta que el amigo que me ha dejado encerrado está de camino a Córdoba, que son las siete menos cuarto de la mañana y que hasta las 8 no puede venir nadie a sacarme. El tío se pira con las mismas. Lo siguiente que pasa es un grupo de andaluces bien salados. Estos llaman a los bomberos y hacen lo propio, irse. Y yo, que no había tenido ya suficiente son sobarme en el baño, me tiro al suelo y me pongo a dormir, porque entre esperar despierta o hacerlo dormida, la última opción me parecía mucho más atractiva.
Al cabo de un rato oigo ruidos y el tintineo de unas llaves. A través de la verja veo a un señor preocupadísimo y al amigo que me había ayudado al principio. ¡Qué emoción, al parecer no se había pirado con las mismas y yo había contado con ayuda psicológica durante todo este tiempo, subidón, subidón! Parece que no veo el momento de que abran de una vez la verja, pero el señor de las llaves está muy nervioso y me pregunta si he sufrido un ataque claustrofóbico o algo semejante. Me dice que es el dueño, que son las siete y media de la mañana y que lo siente muchísimo.
Una vez fuera, le aseguro que nada de ataques claustrofóbicos, que el lugar es muy confortable y que no se preocupe por mí aunque sería un puntazo que alguno de los dos, porque mi ya gran amigo salvador seguía ahí, fuese para Getafe. El amiguísimo me ofrece un café y se disculpa por no poder ayudarme, sin embargo, el dueño, que estaba pasando el peor rato de su vida, no duda en prestarme su asiento de copiloto y tiramos rumbo para la ciudad sin ley. Me pregunta cómo llegar hasta allí. Craso error preguntar a alguien que es capaz de quedarse sobadísima en cualquier lugar cómo se va a algún lado puesto que lo más probable es que si alguna vez antes había realizado ese trayecto, lo hubiera hecho dormida. Así que le dije que tirase por la carretera de Andalucía y al pobre le desoriento completamente ya que, efectivamente, esa no era la ruta correcta. Paramos en una gasolinera, saca un callejero, enciende el GPS, y le falta preguntar al aire cómo coño se llega hasta Getafe. A todo esto, yo a dos segundos de quedarme dormida, pero es que ya me parecía un pelín excesivo.
(Sigue abajo)
El señor majísimo a la media hora larga me deja en la puerta de la resi y me dice que tiene que volver a la discoteca puesto que puede que los bomberos estén rompiendo mi amada verja para rescatarme. Entro en la resi, desayuno, subo a la habitación y… a dormir por tercera vez.
Después de todo esto solo me queda añadir una última cosa: la salida de emergencia del bar me hubiera llevado directamente a la calle. Bueno, no pasa nada, para la próxima ya me lo tengo aprendido.
:D